Hay una historia en el Antiguo Testamento, (Ez.37:1-14) donde se habla de una visión que Dios  le dio al profeta  Ezequiel. El profeta, llevado por el Espíritu de Dios, aparece en un valle repleto de huesos secos y desperdigados. Ezequiel era un sacerdote y había sido educado en guardar escrupulosamente los rituales de pureza, para alguien como él, encontrarse en contacto con aquellos huesos resultaba repulsivo puesto que le convertía en ceremonialmente impuro. Pero de repente, oye una voz en medio de aquel silencio de muerte, es Dios que le pregunta – hijo de hombre ¿vivirán estos huesos?. No parece muy normal que sea Dios el que pregunte a un hombre, mas bien  debería de ser al revés. Ezequiel era consciente de ello y de ahí su respuesta- Señor, tú lo sabes. La conversación continuó de la siguiente forma: – “ Anuncia un mensaje profético a estos huesos y diles: Huesos secos, oid la palabra de Dios, pondré aliento en vosotros y haré que volváis a vivir. Entonces sabréis que yo soy Dios” (parafraseado)

Ezequiel obedece esa extraña orden, predicar a unos huesos secos, ni tan siquiera esqueletos reconocibles. ¡Qué tarea más frustrante e inútil!, más bien parece un castigo sino fuera porque a esas alturas de su vida, Ezequiel, había dejado ya de interpretar a Dios bajo criterios meramente humanos. Obedeció y predicó, solo se oía su voz en aquel tenebroso valle, hasta que de repente,  comenzó a oírse un estruendo y los huesos se fueron recolocando e integrando cada uno en su estructura correspondiente. Comenzaba a establecerse un orden, los huesos, evidentemente no estaban clasificados, tampoco se habían realizados análisis genéticos para saber qué huesos pertenecían qué esqueleto, pero  todo acabó estando en su sitio. Después empezaron a ser recubiertos de órganos, músculos, tendones y piel. Ahora eran unos cadáveres reconocibles totalmente.

Dios había rebobinado aquella tragedia, de manera que ahora se encontraban en el estado en el que todo comenzó, el momento de la muerte. Era cuestión de tiempo el que todo volviera a precipitarse de nuevo y esos cadáveres entraran en descomposición. Otra vez el silencio, solo hay un ser vivo en aquel valle, solo uno ve, oye y siente, Ezequiel, y por eso Dios le vuelve a hablar, aunque esta vez parece que le apremia para que obedezca –  “profetiza al espíritu, profetiza y di : Así ha dicho Dios, Espíritu, ven de los cuatro vientos y haz vivir a estos muertos”- Ezequiel obedeció también esta vez y de nuevo, algo sorprendente ocurrió, aquellos cadáveres cobraron vida y se levantaron del suelo, ahora se oía el murmullo de miles de personas en aquel valle, pero lo más maravilloso era que cada uno de los que estaban allí podía hablar con propiedad de lo que Dios había hecho con él.

Dios ve este mundo como un gran valle de huesos secos. La mayoría ha perdido cualquier sensibilidad hacia Él, están muertos espiritualmente. El esperar que alguien se atreva a hablar de Dios es como pedirle que haga algo sin sentido, no hay auditorio, hay mensaje pero no receptores, todos han muerto espiritualmente, nadie le puede oir. Si algo nos enseña Ezequiel, es que el mensaje del evangelio es milagroso, puede devolver la sensibilidad hacia Dios en cualquier ser humano, puede despertar la fe y llevar a una persona a conocer a Dios de una manera íntima y personal. Yo mismo puedo dar testimonio de ello.

Cierto hombre llamado Nicodemo le preguntó a Jesús que se necesitaba para salvarse y Jesús le dijo que había que nacer de nuevo. Precisamente eso  les sucedió a los huesos del valle, nacieron de nuevo. Dios hizo que lo irreversible se volviera reversible. Seguro que hoy también es posible que alguien pueda descubrir a su Creador, y revivir espiritualmente en una relación personal e íntima con Él.