Nos cuenta, el apóstol Juan en su evangelio, el caso de un hombre paralítico, que se hallaba bajo los pórticos que rodeaban un estanque en la ciudad de Jerusalén, el estanque de Betesda.

        En aquel lugar se congregaba una multitud de personas con diferentes minusvalías, todas ellas esperaban el momento en que el agua era agitada por un supuesto ángel, en ese preciso instante, el primero que era capaz de sumergirse, quedaba sanado. El paralítico de la historia de Juan, siempre llegaba tarde, no tenía quien le asistiera para poder entrar en el agua. Sus intentos eran contados por fracasos, pero aun así seguía creyendo en el poder curativo de aquel estanque.

      En esas circunstancias se encontró con Jesús, éste le preguntó cuya respuesta era obvia, ¿quieres ser sano? – Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Este hombre estaba, a su manera, aprovechándose de la pregunta de Jesús, para conmoverle con la esperanza de que le ayudara a llegar hasta el estanque. Pero lo que realmente le dio fue una especie de orden –“Levántate, toma tu lecho y anda”-. Al instante se puso en pie de forma milagrosa y comenzó a caminar. No necesitó mojarse en el estanque.

¿Porqué Jesús no sanó a más personas en aquel lugar? Probablemente porque estaban obsesionadas con un mito. Un mito, un fraude, al que se aferraban en su desesperación, la invitación de Jesús no hubiese sido bien recibida. Podía sonar a burla “¿quieres ser sano? Pues levántate, toma tu lecho y anda” Para quien no tuviese fe, aquellas frases podían interpretarse como las palabras crueles de un desaprensivo que hacía mofa de las desgracias ajenas. No era el caso, y el único que lo percibió fue aquel paralítico desahuciado.

       Vivimos unos tiempos en los que abundan los fraudes. Fraudes, entendidos como soluciones “milagrosas” para los problemas que nos aquejan. Fraudes en lo material, en lo emocional y en lo espiritual. Pero el gran fraude es concebir la vida como algo que nos pertenece y sobre lo que tenemos absoluta potestad.

      Ninguno ha podido decidir existir , ni su apariencia, ni el lugar de nacimiento, en qué momento o, en qué familia. O somos fruto del azar, o alguien ha tenido la iniciativa de situarnos en este mundo con las peculiaridades y características que nos definen a cada cual. Ese alguien, por lo tanto, ha de tener la respuesta de cual es el sentido de nuestra existencia, tratar de obviarle supone un grandísimo error. Somos minusválidos espirituales a los cuales solo su Creador y Redentor puede sanar, esa respuesta no está en el viento. El mundo es un gran estanque de Betesda, lleno de almas enfermas. La gran pandemia de la humanidad es su incapacidad para reconocer a su Hacedor y eso la ha enfermado, los síntomas son evidentes, violencia, egoísmo, abusos, soledad, desigualdades, mentiras, vacío, avaricia, oscuridad etc , etc…

      En este sistema de cosas, siempre gana el primero en llegar, el más vivo, aunque para hacerlo tenga que pasar por encima de quien sea. Jesús transitó por este estanque llamado mundo, y todo el que le escuchó, encontró la vacuna para su mal.  Los demás, siguieron obsesionados con el movimiento de las aguas, para que nadie se les adelantara, así acabaron muriendo uno tras otro, con la fe puesta en un mito, un fraude, una quimera. De todos aquellos, tan solo nuestro paralítico regresó a casa por su propio pie, y lo más maravilloso es que pudo hacerlo sin haber tenido que mojarse, ni pasar por encima de nadie.

      Recuerda, no busques entre los hombres y sus mitos, lo que solo Dios puede darte.

Luis R.