“Arpa de oro de los fatídicos vates ¿por qué cuelgas silenciosa del sauce?”.                                  (“Va Pensiero”.  Op.Nabucco, Giuseppe Verdi)

Es una frase de una de las escenas del Nabucco de Verdi, donde se representa a un coro de cautivos hebreos que han sido deportados por Nabucodonosor, el rey de Babilonia. Para aquel que lo conozca, el texto de esta escena se podría dividir en tres partes, 1º cuando aluden a su pensamiento ( Va pensiero) y le piden que vuele hacia su tierra,  2º a las orillas del Jordán y a Jerusalén, en este punto se les quebranta el alma al recordarla destruida y lejana, (cuánto daño nos hacen ciertas obsesiones y bucles mentales) 3º al arpa de oro que cuelga silenciosa del sauce, le piden que les auxilie, que Dios la devuelva el sonido y le inspire una melodía que les traiga consuelo y esperanza. Esta escena está inspirada en el salmo 137 de la Biblia.  A título de comentario, algunas expresiones artísticas más sublimes, están inspiradas en la Biblia

 ¿ Pero, cómo comenzó todo?  Hagamos un poco de historia…….

Más o menos, allá por el año 586 a.c., los habitantes de Jerusalén fueron deportados a Babilonia. Habían sido conquistados por Nabucodonosor, pero se sublevaron contra él en dos ocasiones, finalmente, los ejércitos caldeos volvieron a invadir la ciudad, destruyeron el templo y las murallas y se llevaron todos los utensilios sagrados. Cometieron gran cantidad de crímenes y no perdonaron ni tuvieron compasión ni de los niños ni las mujeres embarazadas. La mayoría de los supervivientes fueron llevados cautivos en un penoso y humillante viaje hasta Babilonia. Atrás quedaban las promesas hechas por Dios a Abraham y a los patriarcas, los tiempos gloriosos de los reyes David y Salomón. La ciudad santa, fue profanada y reducida a escombros junto con el templo y las murallas. Las calles se llenaron de cadáveres insepultos. Triste imagen para ser guardada como último recuerdo antes de abandonar su tierra.

  • Estado anímico de los cautivos:

Aquella triste caravana de deportados, cabizbajos, humillados y sin esperanza. El dolor de la derrota. El fin de una historia, de una relación, la ausencia del que, hasta entonces, había sido su defensor.  La tragedia de recordar cómo habían sido sometidos. (Lo que hoy se considerarían crímenes de guerra o contra la humanidad). La falta de esperanza. La profunda sensación de fracaso, de haber fallado a  Dios, a la historia, a los antepasados.

Vez tras vez los profetas, principalmente Jeremías y Ezequiel, habían estado avisando al pueblo de la catástrofe que se les venía encima si persistían en pecar contra Dios y practicar la idolatría. No fueron atendidas sus palabras y vino sobre Jerusalén el juicio divino a través de los ejércitos caldeos al mando de Nabucodonosor. Allí se interrumpió la historia de los judíos como nación soberana, solo en nuestros días han vuelto a ser un estado independiente.

El pueblo hebreo era famoso en la antigüedad por sus espectaculares coros y músicos. La práctica totalidad de su repertorio, giraba en torno a su Dios, a la relación del pueblo con Él, y al templo de Jerusalén. Al haber sido despojados de su condición de nación escogida, les costaba encontrar un motivo por el cual cantar. ¿Cómo cantar a Dios en una tierra extraña? El tiempo les enseñaría que no les iba a quedar más remedio que adaptarse a esa nueva condición.

Se sentaban junto a los ríos de Babilonia, llorando y recordando su tierra destruida. Colgaron sus arpas en los sauces. Un acto cargado de simbolismo. Eran músicos y habían perdido la motivación para cantar.

Los ríos con sus corrientes que desembocan en el mar, simbolizan la vida humana, esas aguas que ahora ves pasar, nunca volverás a verlas en el mismo lugar.

Los sauces, árboles ornamentales, no dan fruto comestible. En España, al sauce de Babilonia, se le llama “sauce llorón” por la forma en que caen sus ramas. Tal vez, el nombre que se le da a este árbol en nuestro país, tenga que ver con el recuerdo de aquellos cautivos que lloraban bajo su sombra, y escondían las arpas entre sus ramas.

Aquella comunidad de cautivos hebreos, representaba, para los caldeos, algo parecido a un atractivo turístico, por eso les pedían que cantaran los cánticos de Sión, pero ellos no querían asumir ese rol y por eso se plantaban y escondían sus arpas.

Arpa de oro de los fatídicos vates, ¿porqué cuelgas silenciosa del sauce? ¡Revive en nuestros pechos el recuerdo, háblanos del tiempo que fue…¡oh que Dios te inspire una melodía, que nos infunda valor en nuestro padecimiento!

  • La senda a la libertad:

Probablemente esta estrofa salió de lo más profundo del alma de Giuseppe Verdi. Antes de componer esta ópera, estuvo a punto de dejar la música. Habían muerto su esposa y dos de sus hijos, aquello supuso un golpe terrible para él y se vio incapacitado como músico y como persona. Pero, de alguna manera, encontró fuerzas. La primera obra que compuso después de aquella tragedia fue Nabucco, a la que pertenece la escena que estamos recordando. Está inspirada, como mencionábamos, en los judíos que fueron deportados a Babilonia por el rey Nabucodonosor. No podemos evitar relacionar el efecto liberador que se operó en el alma de Verdi, con la lectura de la Biblia y de ahí, surgió esta bellísima ópera. Después vendrían muchas otras como La Traviata, Aída etc.

Pablo y Silas, siervos de Jesucristo,  también experimentaron esa senda liberadora. Encarcelados en las mazmorras de Filipos, malheridos a causa de los latigazos que les habían propinado, sin saber a ciencia cierta qué destino les aguardaba al día siguiente, decidieron entonar himnos a Dios, de manera que todos los presos les oían. Ellos no colgaron sus arpas en los sauces, eran presos tan solo de forma externa, su alma estaba libre, no odiaban al carcelero, cantaban a Dios porque sabían que nadie podía condenarles, mientras Jesucristo fuera su Redentor. (Hch.16:25)

Tal vez la senda de la libertad sea esa, comprender la naturaleza de Aquel a quien servimos. Saber que nos ama de una forma indescriptible, que es todopoderoso y magnífico, glorioso, sabio. Pedir a nuestro pensamiento que vuele, pero no a las ruinas de nuestras catástrofes y derrotas personales, no a las cuentas pendientes, ni a las traiciones que hemos padecido, sino a la presencia de la majestad de Dios, donde todo se vuelve insignificante y entonces nuestra arpa volverá a cobrar vida, y volveremos a ser compositores.

El mundo necesita nuestra música, que dejemos de llorar junto al río y descolguemos nuestras arpas de las ramas de los sauces. Como en la escena del coro de los cautivos hebreos, aunque no lo parezca, entre la gente que nos rodea a diario, hay muchos esclavos que, sin saberlo, anhelan que Dios inspire melodías para que caigan los cerrojos de las mazmorras en las que están presos.