En una era como la nuestra, híper-conectados tecnológicamente como estamos, parece increíble el nivel de soledad con el que convivimos. En unos casos resulta más trágico que en otros, pero en todo caso lo es en cierta medida, porque con las herramientas que tenemos al alcance de la mano, ya no solo resulta paradójico, sino profundamente irónico, con el “toque negro” que la ironía pone en casi todo lo que toca.

Nuestras redes sociales nos dicen con alegría y cierta ligereza que tenemos más amistades de las que hemos tenido nunca. El sueño cumplido de cualquier persona con dificultades interpersonales: máxima eficacia con un mínimo riesgo social (o eso queremos creer, porque riesgos hay muchos, solo que son de otro tipo). Lo que no sé si imaginaron los creadores de estas redes sociales es que iban a recibirse sus propuestas con tal cantidad de brazos abiertos de par en par, lo que les ha beneficiado obviamente a nivel económico y por eso proliferan, pero no en la misma proporción que ha perjudicado a los millones de usuarios incautos e inconscientes que han entrado en esta dinámica sin medir las consecuencias. Porque todos en alguna medida hemos perdido algo en este camino, aunque hayamos ganado otras cosas. La cuestión es la importancia de lo que ganamos, en comparación con el calado de lo que perdemos.

Recibimos el “arropo tecnológico” de nuestros amigos digitales en forma de Me gusta o Like, pero a la hora de la verdad, seguimos echando de menos lo humano: el abrazo, la sonrisa, el café en una terraza. Porque incluso siendo afortunados en tener alrededor nuestro más que solo amigos digitales, todos poco a poco nos vamos sumergiendo en el abandono de los pequeños detalles. Ya casi no hay tarjetas de felicitación, preferimos la inmediatez del mensaje a la conversación entrañable, el copia y pega descarado de cualquier genialidad de otro, antes que el esfuerzo personal de mirar hacia dentro y pensar lo que realmente queremos decir.

Quizá también hemos perdido la costumbre de esas dos facetas, la de pensar y la de comunicarnos de forma relevante, más allá de las teclas y las pantallas inteligentes. Y no se pierden por falta de capacidad, sin embargo, sino por falta de entrenamiento, como otras muchas cosas en la vida. Dicho de otra forma, no somos más tontos, pero sí más necios, porque pudiendo entrenarnos en lo que tenemos, no lo hacemos. Es lo que ha traído la simplificación tecnológica: que nos hemos instalado en una comodidad que hace ya bastante dejó de ser beneficiosa para empezar a ser castrante de nuestras habilidades de serie. Hemos sido creados con un sello relacional que nos hace únicos. Pero lo hemos intercambiado por un plato de comodidad. Hemos reducido el pensar interpersonalmente y el comunicarnos de forma cálida a niveles de mínimos. Y la tendencia a la baja sigue, con lo que estamos ya empezando a ver en qué consisten los inframínimos: la gente sufre sola y se muere sola, porque ninguna relación tiene calidad significativa sin haber invertido en ella de forma presencial.

No quiero decir con todo esto que lo tecnológico no tenga ventajas: las tiene y son muchas, soy usuaria de lo digital y funciono activamente en ese medio, pero francamente no creo que tenga que elegir entre lo uno y lo otro. Lo que creo es que se trata más bien de lo contrario: de no renunciar a lo humano en pro de lo tecnológico, de no dejar que la comodidad me invada hasta el punto de perder la sensibilidad por las personas. Pero eso implica pensar en maneras en las que podamos movernos en este océano tecnológico que nos rodea construyendo, no destruyendo, invirtiendo, no evadiendo, y midiendo, no desfasando.

No siempre que se usa lo tecnológico implica una deshumanización. A veces lo digital, lo que aporta, es un formato nuevo, fresco, diferente, que no tiene por qué significar falta de calidez -aunque como tendemos a generalizar tanto, nos vamos de un extremo a otro con facilidad, sin distinguir las intenciones que hay detrás. Se puede ser cálido en lo digital, siempre que seamos capaces de acompañar lo uno de lo otro. El problema es que lo tecnológico se ha usado para sustituir porque lo humano, en ocasiones, es molesto. Y como huimos de cualquier malestar, porque de eso va nuestra era, principalmente, pues nos hemos pasado de largo y por mucho la línea que separa el buen uso del mal uso.

Así las cosas, se hace imperativo que nos preguntemos, primero a nivel personal, como no puede ser de otra forma, cómo estamos manejándonos en esta era digital en la que vivimos. Cuando mando una felicitación informatizada, ¿lo hago porque es la mejor posible, o porque mediante ese formato voy a eludir la molestia de lo interpersonal? ¿Mandaré un mensaje porque no puedo llamar, o más bien si mando el mensaje ya no tengo que llamar? Dicho de forma mucho más políticamente incorrecta: ¿será que mis acciones tecnológicas están orientadas al escaqueo permanente de lo que me incomoda de mis relaciones? ¿Pudiera ser, incluso, que quiera lo que mis relaciones me aportan, pero sin ellas?

Esta pregunta es una difícil de contestar si no es con un análisis detenido previo. Nuestra primera impronta exclama que no, porque resultaría dramático lo contrario (¡vaya a ser que nos veamos realmente como somos!). Luego, cuando honestamente nos paramos a mirar hacia dentro, muchas veces tenemos que reconocer que hay un poquito de esto, al menos, y que estamos eludiendo sutilmente el trato directo, porque nos quita tiempo, nos obliga a invertir energías, nos fuerza a estar presentes, en definitiva. Sin embargo, esos elementos son el colchón en el que reposamos también en los momentos difíciles, cuando miramos alrededor y necesitamos saber que hay alguien cerca. O cuando son otros los que necesitan que estemos presentes nosotros. Ahí nos damos cuenta de lo que hemos perdido (de nuevo, sale con toda su fuerza nuestro yo, egoísta), pero deberíamos también ver que hemos ido dejando huérfana a nuestra gente por el camino.

Este planteamiento general de lo que las personas aportan, pero sin las personas en sí, se parece demasiado al que vemos de fondo en la parábola del hijo pródigo, que quería la herencia del padre, pero sin él. Como nosotros en relación con Dios, que queremos lo que nos aporta, pero sin relacionarnos y mucho menos sujetarnos a Su plan de vida para nosotros. Nuestra libertad y nuestra comodidad nos preocupan demasiado. Y no somos capaces de mirar más allá de lo inmediato, como en lo tecnológico, pensando en lo que ganamos ahora en vez de lo que perdemos también a medio y largo plazo, no solo para nosotros, sino para los que tenemos cerca y a quienes queremos.

El padre, sin embargo, es mucho más que su herencia y además nunca privó a sus hijos del acceso a ella. Se trataba más bien de una cuestión de tiempos. De invertir en lo importante y de no deshumanizarse hasta el punto de que lo importante fueran los bienes o las cosas, lo que se consigue en la interacción, más que la relación misma.

Si lo tecnológico nos conecta pero nos separa, ha dejado de sumar para empezar a restar y quizá viene siendo tiempo de sentarse a hacer cuentas y actuar en consecuencia.