Hace pocos días que ha finalizado la Semana Santa. Unas fechas que pretenden recordar el arresto, tortura y muerte de Jesús de Nazaret.

Unos días de descanso a medio camino entre las, ya pasadas, navidades y las ansiadas vacaciones veraniegas. En muchas partes, suponen un atractivo turístico las famosas procesiones de la semana santa. Casi en todos los lugares de la geografía del país, existen ciudades, e incluso barrios, donde las diferentes hermandades y cofradías sacan en procesión aquellas tallas de cristos y vírgenes a las que veneran.

Son momentos de gran fervor religioso. Probablemente sea en Andalucía y, especialmente Sevilla, donde este tipo de expresiones alcanzan mayor protagonismo. La Macarena, el gran Poder, la Esperanza de Triana, el Cristo de los Gitanos, son algunos de los símbolos más representativos de la Semana Santa sevillana.

Recuerdo que en mi infancia, se retransmitían esas procesiones por televisión, apenas se permitía ver otra cosa. He de confesar que aquella puesta en escena me sobrecogía, las imágenes ensangrentadas, el ritmo de los tambores y las cornetas, las expresiones de dolor por la muerte de Cristo, aquel ambiente de luto generalizado, crearon en mi conciencia una idea del cristianismo oscura y bastante tétrica. No es de extrañar que al alcanzar la adolescencia acabara renegando de aquel tipo de fe.  Hoy, con la perspectiva del tiempo a mi favor, comprendo mejor qué es lo que me hizo huir del aquel concepto del cristianismo que se me presentaba. Tiene algo que ver, salvando las distancias obviamente, con lo que también le debió de suceder al poeta sevillano Antonio Machado. En su “Saeta”, dedicada al cristo de los gitanos decía:

“¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ¡Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz! ¡Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía, y es la fe de mis mayores! ¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar!”

Conociendo la obra y el pensamiento de Don Antonio, sabemos que se estaba refiriendo a esa herencia oscura, cerrada, sangrienta que, según él, habían recibido los españoles y en la que se recreaban fanáticamente, a tal punto que, una figura como Jesús, paradigma de la esperanza y la paz, aquella España  la había reconvertido en una expresión de crueldad y culto a la muerte. Precisamente eso, el excesivo i en la muerte de Jesús, es lo que a mí me alejó de Él. No es que la muerte de Jesús no sea importante, que lo es y mucho, sino que se me estaba educando en una forma de cristianismo carente de esperanza, donde los hombres eran tan malos, que despreciaron y asesinaron a Aquel que vino a salvarlos de sus pecados. Un Jesús que con su muerte, nos recordaba cuan despreciables podíamos llegar a ser, que este mundo era como un gran agujero negro que acababa absorbiendo cualquier atisbo luz.

Pero mi historia no acaba aquí, como la de Jesús tampoco terminó en la cruz. Un día tuve la oportunidad y el estado de ánimo adecuado, como para escuchar lo que me hablaban acerca de la resurrección de Cristo. Jesús no fue eliminado, su luz no fue absorbida. A pesar de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de ser abandonado por todos sus seguidores en el momento más crítico, a pesar de un juicio manipulado y lleno de testigos falsos que le llevaron a la muerte, a pesar de una tumba custodiada por soldados…al cabo de tres días, Jesús se presentó vivo, había resucitado. Todas estas cosas me las fueron mencionando y, entonces, me di cuenta que Jesús tuvo que encajarlas todas ellas, era su manera de demostrar que era Dios, y que su método de ganarnos era a través del amor y no de la coacción ni la fuerza.

He vuelto al cristianismo, mejor dicho, he recibido a Jesús como mi salvador desde el día en que me hablaron de su resurrección. Jesús es admirable, sí, he dicho es, porque sigue vivo, accesible, y en activo. Ha hecho el milagro de cambiar mi corazón, desengañado e incrédulo, y despertar en él la esperanza y la fe viva. Su resurrección es la pieza perdida de la fe de mis mayores.

Luis R.